-¡Emmelie! - Me llamó a gritos mi madre- Baja, que nos vamos ya. ¿Has recogido todas las cosas que quieres llevarte a Gomel?
Cogí mi sudadera y mi Mp4 haciendo caso omiso a mi madre, que voceaba desde la puerta principal.
-¡Emmelie! - Volvió a gritar.
-¡Ya voy!- Contesté, con cierto tono de brusquedad.
Si soy sincera no iba a echar nada de menos un lugar como este, pero tampoco quería irme. Siempre iba a ser igual: críticas y soledad.
Me llamo Emmelie Pakarinen, y tengo 15 años. Desde siempre, mi vida fue así. Resulta que si no eres como ellos te critican y te acosan.
Están por todas partes y tú no puedes hacer nada más que llorar, sin encontrar cobijo ni en ti misma; hasta tú te criticas. Me pregunto cuanta nostalgia puede llegar a almacenar un corazón tan pequeño como el mío... Tan frágil, tan separado de mí, que no creo que me pertenezca. Me pregunto hacia donde me conducirá el rastro de sangre oscura en las paredes de mi alma, en mi conciencia, en mis heridas. Profundas, como tus miradas absortas, tus pensamientos desconocidos o tu soledad clandestina. Hacia ti, querida, me queda un largo camino por recorrer, pero de ser por mí, te arrancaría de la muerte sólo por poder pasar un instante contigo. Una necesidad, la de quererte aunque me martirices, la de besar al aire cuando no estás o susurrar al vacío lo que yo diera por poder tenerte entre estos brazos. Tú vives en mis versos, en mis lágrimas imperceptibles, en mis miedos escritos con sangre sobre papel mojado. Tú sorprendes, tú desatas los nudos de mi garganta y deshaces ilusiones tan fácil como las creas.
A veces me gusta adentrarme en lo irreal y me acabo saliendo del tema. La cosa es que no voy a volver a este lugar ni aunque me obliguen, siempre quise mudarme a Gomel y hoy es el día. Por fin voy a tener a alguien a mi lado y que se preocupe por mí en mi lugar.

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