Aquí el aire es frío, pero tiene algo que no tiene en otro sitio. Esperanza tal vez.
Llegamos a mi casa. No es exactamente una casa, es un piso, pero es más amplio y bonito que nuestra antigua casa.
Salgo a la calle y la gente me mira sonriendo. Camino lento porque me agrada que exista un lugar así, parece sacado del paraíso. Aquí nadie me critica, ni dice cosas que no son ciertas sobre mí.
Voy andando por una calle en la cual pasan algunos coches de vez en cuando y las aceras están limpias. Hay césped a mi derecha y veo una flor que me llama la atención.
Estas flores de pétalos rosas... ¿cómo se llamaban? Se movían suavemente en la brisa, se sentían como espinas al tocarlas... Todavía no conozco el nombre de la flor que vi aquel día.
Echo de menos lo amigos que llegamos a ser. Echo de menos a Nikki, ella murió y después de su muerte, todos nos distanciamos y era como si nunca nos hubiéramos visto.
-¡Emmelie!- Gritó una voz un tanto familiar, que me hizo tener una sensación de añoro.
Me di la vuelta y allí estaba ella. Era Nikki, pero no había cambiado. Seguía a sus diez años, como cuando falleció. Debía de estar alucinando.
-¡Sólo eres una ilusión!- Le repliqué.
En ese instante me sentí la peor persona del mundo, cuando vi a Nikki afligirse tanto.
-No, no lo soy. No recuerdo bien el por qué estoy aquí. Pero tenía que ver con mi deseo. Tengo que cumplirlo y así podré regresar al cielo.

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